LA SOMBRILLA DE COLORES

 

 

 

 

 

La sombrilla de colores

 

La gran ola avanzó furiosa, sobrecogiendo de temor a los atrevidos bañistas que  habían ignoradola bandera roja. Ya no había tiempo de salir nidonde escapar. Lauramiró a su alrededor. Quizás, si acudiera a su encuentro sumergiéndose, podría sortearla.  Sólo estabanen el aguados chicos algo mayores que ella, con el miedo dibujado claramente en sus rostros. Le dieron ganas de llorar, pero no pudo. Estaba atenazada. Se giró a tiempo de ver la enorme mole de agua que se alzaba todavía más alto. Parecíamirarla despreciativamente desde su cresta. Oyó los gritos que provenían de la arena, ysu nombre, pronunciado por varias voces desgarradas, se perdió en el aire mientras ella se zambulló en el vientre de la ola. Le pareció incluso sentirse observada, como si esa gigante tuviese ojos. En tan solo un instante  sintió que era engullida como un guiñapo. Perdió la noción de las vueltas que diosobre sí misma.

 

Gabriel, el socorrista, Gabi para los amigos, ya había vivido emergencias parecidas.  Cada año tenían dos o tres días peligrosos. El mar de la zona era traicionero por las corrientes y la resaca. Las olas no jugaban limpio. Había que estar muy atentos, sobre todo por la gente que hacía caso omiso ala prohibición de bañarse.

 

Gabivio llegar desde su minarete una ola enorme, muy superior en tamaño a las demás. El toque desilbato resultó, como era de esperar, insuficiente. Saltó como un resorte bajando la escalerilla de su puesto a brincos. Habíados jóvenes y una chica en el rompiente de la ola, a los que iba a pillar con toda seguridad de lleno. Pidió ayuda por el transmisor de radio y corrió con todas sus fuerzas en ayuda de los tres jóvenes.

 

La cámara de un testigo reflejó el momento en que Gabi sacaba a Laura de la espuma, acurrucada entre sus brazos, y sin la parte superior del bikini, arrebatado por la mar. Se despertó medio ahogada. No sabía donde estaba. Le dolía todo el cuerpo. En el momento que le arrojaron agua a la cara, recordó todo. Chilló y se quiso incorporar de golpe.

-Calma cariño, ya ha pasado todo. Reconoció en el actola voz de su madre.

-Menudo susto nos has dado Laura, acertó a pronunciar su padre, que tenía la cara tanblanca como una pared recién encalada.

 

Se dio la casualidad, ¿o fueel destino?, de que Gabi trabajaba por las tardes desalvavidasen la piscina del hotel donde se encontraban alojados.Sus encuentros se multiplicaron y formaron un grupo de amigos de aquellos que nunca se olvidan, de esos amigos de verano de los quenacen las primeras ilusiones de juventud. Laura descubrió el significado de lo que había leído en algún libro, cuyo título no recordaba : “Hablar bajito para gritar más fuerte que existe un mundo de colores diferentes, y que dejarse el alma en una despedida es tener una excusa para volver.”  Ahora no quería ni pensar en la vuelta a casa.

 

Los primeros días de las vacaciones, antes del incidente de la ola, fueron como los esperaba, igual que los años anteriores. Parecidas sensaciones, salida de la rutina y del aburrimiento de la gran ciudad en verano, una vez acabadas las clases del instituto, estar fuera de casa, piscina, playa, sol, viajes, hotel...Todo trascurríasegún lo previsto. Acababan de llegar de un largo viaje en coche, cansados, pero con la ilusión de la aventura vacacional. En la recepción del hotel habíalo de siempre: turistas, maletas y colas. Sólo deseaba que le dieran pronto su habitación. La compartiría con su hermana, dos años mayor que ella, que tenía la suerte de haber estrenado hacía escasos meses la mayoría de edad, y la disfrutaba a tope.

-Laura, cariño, ya tenéis vuestra habitación. Ordenad la ropaen los armarios antes de ir a la piscina.

-Sí, mama, qué pesada. Siempre repitiéndome las cosas.

Su madre sonrió al escuchar la habitual respuestaadolescente. El matrimonio amigo con el que pasarían las vacaciones habían llegado el día anterior, y a buen seguro estarían yaen el bar del exterior.

 

Despues vino lo de la ola, el susto y la formación de aquel maravilloso grupo. Por las mañanas quedaban en la playa a partir de las diez. Tenían su sitio de encuentro, secreto, a unos veinte minutos a buen paso del hotel, en la zona de las cometas, una playa solitaria, lejos del centro de Torremolinos, a medio camino de Málaga.

 

Todos juraron no revelar su sitio de citas. Era para ellos su gran aventura,  lejos delcontrol de sus familias. Y para distinguir el lugar lo llamaron la sombrilla de colores. Allí fumaron sus primeros cigarrillos, tuvieron sus primeros escarceos amorosos, sus secretos de oreja a oreja y sus miradas picaronas a hurtadillas. Practicaron un inglés de academia y empezaron a comprender lo que tanto hablaban los mayores y la tele respecto de la globalización de culturas.

 

Un alemán, un canadiense, una francesa, dos italianas, David, Gabi y ella, Laura. Ese era el grupito de la sombrilla de colores, nombre en clave y secretísimo para los demás. Era su código para citarse. Todos sabían dónde. En elhotel permitían que se les juntaran Montse, la hermana de David, tres años menor que él, que ya tenía dieciséis años, y Ana, la hermana de Laura, de diecinueve. Esa diferencia de edad daba al grupo una personalidad acusada.

 

Fueron testigos del varamiento de un delfín en la playa, de la picadura de una medusa al canadiense, de la casi insolación del alemán, unrubio oro,  blanco como un bacalao, aventuras vividas en los tórridos atardeceres mientras el Sol conquistaba el horizonte marino,  iluminando sus ilusiones de adolescentes.

 

La despedida fue brutal. Todos lloraron, se besaron, se abrazaron. Un trozo del alma de cada uno de ellos quedó en ese lugar y en ese tiempo, como escondido en un universo inamovible, eterno, grabado a fuego.

 

Había pasado ya casi un año de todo aquello, pero las vivencias estaban presentes como el primer día.  Durante todo éste tiempo habían estado comunicados por internet perpetuando en el ciberespacio sus vínculos con mensajitos, fotos y facebook. Era maravilloso, hasta que llegó la mala noticia que hizollorar a Laura: Los padres de Gabi habían enviado por encargo de su hijo este mensaje: Mis queridos amigos: os quiero tanto. Cada día recuerdo nuestras aventuras, nuestras conversaciones, todo, cada segundo de vuestra compañía. He tenido un accidente de moto. Dicen los médicos que no volveré a andar. Ya no podremos jugar con la arena mojada, ni correr entre la espuma, ni buscar conchas. Pero en este momento difícil para mí necesito veros y tocaros parasentirme como en los días más felices de mi vida. Necesito vuestra alegría y amistad  para darme cuenta de que mi existencia no acaba aquí.

 

El  grupo se vería de nuevo. Ya lo habían acordado. No más realidad virtual, ni pantallas de ordenadores.  Todo volvería a  seguir igual, como si nada hubiese sucedidoRecuperarían su presencia física, sus juegos, sus secretillos, sus ilusiones, su compañía mutua. Y en cuanto al sitio, no habría problemas. Regresarían ala sombrilla de colores, aunque su auténticolugar de encuentro estaba ya marcado a fuego por la eternidad en sus corazones.

 Barcelona cinco de Septiembre de 2010.

 

( Reservados todos los derechos de autor. Prohibida toda reproducción total y/o parcial, así como su difusión por cualquier medio sin autorización expresa y por escrito del escritor Juan J. Gracia).